El Monte en Rojo: Entrelazando literatura, etnografía y botánica en Cuba

This piece advocates for creating interdisciplinary bridges in the field of environmental humanities in Cuba through the literary work of Lydia Cabrera, especially in her well-known El Monte, a seminal text for approaching the folklore of this island. After briefly discussing the central role of plants in Afro-Cuban traditions and the ethics of coexisting with respect within the environment, passed through generations of oral storytellers and practitioners, this article reflects on the possibility of undertaking cross-examinations between literature and botany. To do so, it analyzes the presence of plant species in El Monte that also appear in the Red List of Cuban Flora. This practical approach points out the potentialities of extending the knowledge of Cuban flora through ethnographic literature and cultivating new ways of environmental communication through canonical and popular texts.


Aun cuando en cada Feria Internacional del Libro de La Habana el conocido libro El Monte (1954) de la escritora y etnóloga Lydia Cabrera cuenta con nuevas ediciones, adquirir este título continúa siendo la gran expectativa de buena parte del público lector cubano. Sea por motivos religiosos o intereses meramente literarios, este grueso volumen es ansiado en los libreros de cubanos en la isla y su diáspora, y de otros lectores interesados en las fuerzas atávicas de la santería, epitome del sincretismo religioso entre prácticas católicas y yorubas.

La santería, una de las principales religiones practicadas en Cuba, antes de ser reconocida como parte esencial de la identidad cultural del país, sufrió por muchos años de estigmatización por parte de las elites blancas criollas. Sin embargo, sus prácticas persistieron gracias a la creatividad de los devotos, quienes enmascaraban el culto a las deidades africanas a través de la iconografía de los santos católicos, de lo cual deriva el nombre santería. En estos ritos las plantas juegan un papel fundamental en la limpieza y desenvolvimiento espirituales de sus practicantes, como la rama de calalú (planta perteneciente al género Xanthosoma), que se usa “para pedir, en rogación que se hace por un niño que va a nacer, que este venga al mundo ‘provisto de buena estrella.’”[1] También centrales son los animales, aunque más controversialmente debido a los comunes sacrificios.

Portada del libro El Monte, por Ediciones Cubanas.
[Descripción de la imagen: Imagen contiene nombre del autor (Lydia Cabrera) título del libro El Monte. Al frente aparecen al pie de un árbol ofrendas florales y frutales, con objetos de alfarería, vela y machete. Al fondo aparece un paisaje verde difuminado.]

En su extenso volumen, Cabrera recoge las historias recopiladas durante décadas de trabajo etnográfico a través de la observación de rituales religiosos y múltiples entrevistas llevadas a cabo a lo largo y ancho de la isla. En el proceso, la autora respeta las nomenclaturas y giros lingüísticos empleados por los informantes, dotando al texto de gran significancia en el acercamiento a las culturas afrodescendientes. No solo valor cultural sino también informativo hacen a este texto un clásico del folklore cubano, principalmente considerando que las tradiciones afrocubanas han tenido como vehículo fundamental la oralidad. El Monte permite acceder en detalle a la filosofía y los protocolos de las ceremonias religiosas, así como a la cotidianidad e historias de este importante grupo étnico en el país.

A la conocida lista de saberes mágico-religiosos albergadas en sus páginas hay que sumar la extraordinaria translación, desde un continente a otro, de una cultura en comunión con la naturaleza donde el espacio natural resulta sagrado. En la amalgama sincrética de El Monte, uno de los aspectos que ha llamado la atención de los más prácticos, aunque no tanto la de los especialistas, es la extensa presencia de la flora cubana detallando las plantas de la isla, así como su funcionalidad en los rituales y tratamiento de enfermedades. Respecto a la cañafístola (Cassia fistula), por ejemplo, la autora resalta sus propiedades curativas como laxante, mientras que otras plantas son presentadas en su dimensión mitológica, como el jagüey (Ficus membranacea), que es “tan poderoso que se traga un aguacate. Se atreve con la ceiba y la domina. Puede con todos los palos. Si el jagüey cubre a la ceiba es porque la ceiba es madre, y el jagüey y la ceiba son marido y mujer.”[2]

En este libro, el monte representa una entidad física externa y espiritual como archivo de la herencia cultural, así como archivo de la historia ambiental de Cuba gracias a la abundancia de menciones y detalles, en especial asociado a las plantas. Un acercamiento cuidadoso a los bosques, matorrales, y herbazales entrelazados al interior del texto permite encontrar en El Monte a un aliado en la investigación científica, no solo desde una mirada folklórica y artística. Una lectura cruzada entre la obra magna de Cabrera y fuentes rigurosas de estudio botánico permiten sacar a la luz la presencia, o ausencia, en las fuentes de sabiduría tradicional cubana, de especies autóctonas y sus diversos grados de riesgo, con lo cual promover su cuidado y conservación.

Un catálogo al final del libro recoge un índice de plantas y su asociación con las respectivas deidades, pero a todo lo largo de la obra, las plantas son omnipresentes, al igual que un personaje excepcional cuya labor es llevar este conocimiento a las calles: el yerbero. Son los yerberos botánicos sin licenciatura académica, grandes conocedores de locaciones, propiedades y funciones de las plantas cubanas, aunque carezcan quizás de experticia concernientes a grupos taxonómicos y grados de endemismo.

Yerbero ambulante en las calles habaneras. Foto de archivo tomada del sitio TodoCuba.
[Descripción de la imagen: Foto en blanco y negro. Al centro un hombre sostiene una cesta de yerbas y otras plantas sobre su cabeza.]

Incentivar el estudio interdisciplinario entre las ciencias naturales y humanísticas es un reclamo de este siglo, y el escenario propuesto en El Monte es uno ideal para potenciar la educación sobre el actual estado de determinadas especies en Cuba. Explorar, por ejemplo, qué se puede conocer de la flora nativa de Cuba en el libro y cómo establecer un diálogo en el cual la literatura sea puente entre conocimiento popular y científico, es una invitación abierta en esta obra que recoge el verdor de otras épocas.

El maridaje, por ejemplo, del exhaustivo esfuerzo de largos años de experiencia del Grupo de Especialistas en Plantas Cubanas (GEPC) en la confección de la Lista Roja de la Flora de Cuba con el robusto trabajo etnográfico de Cabrera, pudiera acercar un sinnúmero de plantas cubanas a un público más variado.[3] Es posible utilizar El Monte como plataforma para divulgar la importancia de las especies nativas, mejor adaptadas a la vida en estos lares y favorecedores de los suelos, y dar a conocer los niveles y tipos de riesgo a los cuales se encuentran expuestas. Entre estas páginas se pueden encontrar plantas que enfrentan un elevado riesgo de extinción en estado silvestre, como el bejuco alcanfor (Aristolochia trilobata), u otros taxones más abundantes como el cabo de hacha (Trichilia hirta). Sobre este último, la autora escribe en líneas memorables adornadas con elevados tonos de lirismo épico:

“Árbol de la guerra de Oyá. Con las hojas del Cabo de Hacha se enfurece y se azuza a Oyá para que pelee y gane una guerra: mágicamente. El olocha excita la cólera y el ardor bélico de Oyá contra su enemigo y el de su cliente, y obtiene siempre la victoria, por difícil y espinosa que sea la lucha. Es uno de los árboles rituales más poderosos de Oyá. Muy estimado también por sus mayomberos; es palo fuerte para montar ngangas.”[4]

Cabo de hacha (Trichilia hirta). Foto tomada por José Luis Gómez, investigador del Centro de Investigaciones y Servicios Ambientales de Holguín y facilitada por Ramona Oviedo Prieto, Curadora Principal del Herbario Nacional de Cuba.
[Descripción de la imagen: Al frente de la foto aparece las ramas del cabo de hacha con un verde intenso, y debajo el fruto de la planta, de un rojo también intenso. En el fondo oscuro se notan siluetas de algunos árboles.]

Esta lectura no significa, por supuesto, proponer una conversión a religiones panteístas o tomar por verídicas todas las afirmaciones que allí aparecen, pero representa sin dudas la posibilidad para los estudiosos de las humanidades ambientales de redescubrir textos que plasman lel patrimonio biológico de nuestros pueblos. De forma más general, un acercamiento a la naturaleza como el que propone este libro es indispensable en el pensamiento moderno y la búsqueda de formas más responsables de convivialidad en el planeta, no solo por su posible contribución a la comunicación científica sino también por la noción de retribución y equilibrio con el medio ambiente que transpiran sus páginas.

Varios de los ritos que aquí se presentan indican un sentido de reciprocidad en el que es importante tener en cuenta las leyes de la naturaleza, así como entender y respetar su valor y tomar solo lo necesario como ética de convivialidad. De esta forma, el texto literario y etnográfico deja abiertas sus puertas al saber científico gracias al despliegue de sabiduría popular mediante la narración de testimonios e historias enraizadas en la sociedad cubana. Semejante acercamiento bien pudiese servir de puente para promocionar la riqueza botánica del país, con uno de los mayores números de plantas por kilómetro cuadrado en el mundo (González et al.), e incentivar su protección entretejiendo ciencias naturales con las poéticas inherentemente interdisciplinarias del pensamiento ecológico tradicional autóctonos de esta región caribeña.

*Con la colaboración de la MsC. Diana Rodríguez Cala.


[1] Lydia Cabrera, El Monte (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1993), 346.

[2] Ibid., 350, 433.

[3] Una lista roja es una compilación del peligro de extinción de las especies a partir de los criterios establecidos por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). L.R. González Torres et al., “Lista roja de la flora de Cuba,” Bissea 10, no. 1 (2016): 1-352.

[4] Cabrera, El Monte, 333.

*Imagen de portada: Pieza de la serie El Alfabeto Rojo (2022) por el artista cubano Rafael Villares, inspirado en la flora cubana en peligro de extinción y en colaboración con el especialista en plantas cubanas Alejandro Palmarola. La especie representada, magnolia cubensis (subespecie acunae)se encuentra en estado crítico de extinción de acuerdo con la Lista Roja de la Flora de Cuba (2016). Foto tomada del perfil de Facebook de Galería Habana.

[Descripción de imagen de portada: En la pieza aparece pintada una letra M de color rojo al centro de la foto, ocupando la mayor parte del espacio. La especie magnolia cubensis es dibujada entrelazada con la letra MHojas de color verde intenso aparecen al fondo y tres flores blancas se encuentran dispersas en la obra, una de las cuales aparece justo al medio de la foto.]

Edited by Natascha Otoya, reviewed by Diana Valencia-Duarte.

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